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Archive for 4 septiembre 2014

Curiosa mezcla

En su artículo ¿Se justifica la existencia del Fondo de Cultura Económica?, el columnista Leo Zuckermann hace un argumento que mezcla populismo con liberalismo económico. No tiene sentido –argumenta Zuckermann– que el estado siga subsidiando al FCE, porque el FCE beneficia de manera casi exclusiva a una élite académica, intelectual, y cultural, y lo hace en un momento en que, dada la eficiencia del libre mercado contemporáneo, desmantelar al FCE no tendría mayores consecuencias nocivas. Zuckerman concluye su artículo con una desfachatez interesantísima: sería mejor que, una vez desmantelado el FCE, el estado repartiera el presupuesto del FCE entre los más pobres de la nación, nos dice.

Como miembro de una comunidad (la de los matemáticos) cuyas contribuciones culturales son aún más dignas del epíteto “elitista” que las de los autores publicados por el FCE, a mí me preocupa la extensión de su argumento. Podría haber dicho, por ejemplo, que no le sirve de nada a los pobres que los matemáticos investiguen sus quimeras abstractas, y que, por ende, no tiene sentido que el estado le dedique un fragmento de su presupuesto, por diminuto que sea, a subsidiar a los matemáticos.

Hay dos intuiciones que adivino guían el pensamiento de Zuckermann: por un lado, la intuición de que la función del estado es brindarle servicios a la gente que no puede obtener esos servicios por otros medios; por el otro, la de que el mercado contemporáneo es un mejor gestor cultural que un grupo de gente a cargo de una institución como el FCE. Pero ambas intuiciones son erróneas. Como Jesús Silva-Herzog Márquez ha respondido muy bien al segundo punto, aquí me limito a hablar un poco sobre el primero.

El estado tiene la discreción de ocuparse de una variedad de asuntos, sin importar que algunos de estos no tengan una probabilidad considerable de beneficiar a sus ciudadanos de manera directa. En Estados Unidos, por ejemplo, el estado da subsidios (algunos de ellos, generosos) a proyectos de investigación que benefician de manera directa únicamente a los miembros de una comunidad muy reducida (como la de los matemáticos). Desde una visión utilitaria, una comunidad matemática vibrante puede resultarle beneficiosa al país porque, de vez en cuando, algún desarrollo en matemáticas resulta importante para otros científicos, cuyos avances, a su vez, pueden resultarle útiles a ingenieros, cuyos avances, a su vez, pueden resultarle útiles a compañías, cuyos productos, a su vez, pueden tener utilidad económica, e incluso beneficiar de manera directa a la población.

A veces, claro está, la cadena de beneficios es más corta y directa, pero el punto es que el estado tiene un amplio menú de temas en los que puede invertir, y que invertir únicamente en los que “prometen beneficios inmediatos” sería un craso error: primero porque invertir exclusivamente en lo que promete beneficios inmediatos (para cualquier grupo en particular, así éste sea el de los más desposeídos) le resta incentivos a la actividad en ciencia básica, y los avances en ciencia (como en matemáticas) a menudo surgen de las interacciones y colaboraciones de una comunidad vibrante (que incluye a la ciencia básica), no de la inversión exclusiva en pequeñas zonas de actividad aplicada; segundo porque hay algo de alto modernismo en eso de mirar desde lo alto del cielo, sin conocimiento local, las callejuelas de la comunidad científica y decidir qué sectores no merecen inversión alguna, y como todos sabemos a estas alturas del siglo XXI, el alto modernismo de mitades del siglo pasado está muy desvirtuado, por buenas razones. (Leer, por ejemplo, el magnífico libro Seeing like a State, de James C. Scott).

En el caso del FCE, los beneficios son evidentes: una comunidad académica y literaria vibrante se beneficia de tener acceso a una amplia variedad de libros, y es mejor que el garante de esa variedad no sea el caprichoso libre mercado. El hecho de que el FCE beneficia a la comunidad académica y literaria tendría que ser suficiente razón para que el estado elija dar subsidio al FCE. Preguntar de qué le sirve al pueblo que el estado así lo haga equivale a preguntar de qué le sirve al pueblo que haya una comunidad académica y literaria.

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