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Archive for 20 enero 2014

La experiencia de leer un palíndromo es mucho más grata cuando el contexto ayuda. En Twitter, en sus mejores momentos, un palíndromo bien puesto, en medio de una corriente de tuits referentes a algún tópico del día, vale más de lo que valdría leído en aislamiento. Por ello, si bien no necesariamente los mejores, los palíndromos más memorables son los que aparecen en el momento propicio. Recuerdo haber leído, a finales del 2010, un tuit de Aurelio Asiain que indicaba un palíndromo infinito de la siguiente manera:

Oh, leo cada mamada, Coelho.
Oh, leo cada mamada, Coelho.

Era la época en que Coelho era tema de conversación (y objeto de sorna) del segmento de Twitter al que yo tenía acceso. Con ese solo tuit, se agotó el tema de Coelho. Decir más era arriesgarse a decir una de las infinitas mamadas que el palíndromo sugiere, y si ya están las de Coelho, ¿para qué añadir más?

Durante la batalla electoral entre Mitt Romney y Barack Obama, a mí se me ocurrieron algunos palíndromos que ganaban en su contexto. Uno de ellos era

Y, en moral, la fe falla, Romney.

Y otro, publicado justo cuando anticipaba que Obama (a quien se le endilgaba haber estado en un impasse político muy serio en sus últimos meses de gobierno) iba a ganar las elecciones:

Y, en moroso lecho, ama bonito botín Obama. Oh, celoso Romney.

Y justo el día del (controvertido) ataque a bin Laden, se me ocurrió otro (en inglés) que también recuerdo sin mayores problemas:

“No Osama, boss?”
Obama: Soon!

De los míos, quizás, uno de mis favoritos fue publicado muy a destiempo. Estaba leyendo ensayos de Antonio Alatorre, cuyas opiniones sobre lingüística me parecen mucho más avanzadas que las representativas de la Real Academia Española de la Lengua, cuando se me ocurrió un palíndromo que debería haber aparecido algunos años antes. Me encanta sobre todo el uso discretamente subversivo del vocablo inglés “dear” (equivalente de “querido”):

Alatorre, dear: a la RAE, ¡derrótala!

Es una lástima que no di con el contexto ideal para publicar ese palíndromo.

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Un poema difícil de traducir

Qué difícil traducir (o adaptar) el siguiente poema de Richard Eberhart.

Cover me Over

Cover me over, clover;
Cover me over, grass.
The mellow day is over
And there is night to pass.

Green arms about my head,
Green fingers on my hands.
Earth has no quieter bed
In all her quiet lands.

El trébol de rimas internas en la primera línea (cover/over/clover) es espléndido: si uno piensa en las rimas internas como pliegues, la línea ejecuta con el sonido (y la sintaxis) justamente lo que implora. El metro también es interesante: la línea consiste en tres pies, uno trocaico, el del comienzo, y dos yámbicos, los finales, y la palabra cover, que juega un rol crucial en la línea, cae en el pie trocaico, justamente. Es como si el primer pie estuviese siendo enterrado por el ritmo subsiguiente, claro. Que, además, clover signifique trébol, es ganancia. El resto del poema es bellísimo, con imágenes perfectas, ecos evocadores (como ese polivalente over, repetido over and over), rimas muy bien elegidas (no hay un solo ripio), pero a mí me parece que todo el poema emana de esa primera línea.

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Cada vez que me encuentro con algún argumento torpe sobre la caducidad de la métrica me dan ganas de escribir un rap. Pero por si hay alguien que se tome en serio esos alegatos sosos, he aquí una pequeña muestra de cómo saber un módico de métrica puede enriquecer la lectura de un poema fino. El siguiente es un poema de Nicanor Parra:

Un abogado de su propia causa

llega a una tumba equis
del Cementerio Metropolitano
con un ramito de claveles rojos
Se descubre con gran solemnidad
y a falta de florero deposita su ofrenda
en un modesto tarro duraznero
que sustrae de una tumba vecina.

El título es un endecasílabo. Luego vienen un heptasílabo, tres endecasílabos, un alejandrino, un endecasílabo más, y finalmente, en la última línea, en la que el poema da un giro extraordinario, la pluma del poeta desafina. Todos los versos (incluido el título) son clásicos y hacen perfecto juego entre sí (de acuerdo con la tradición), pero la última línea es disonante con el resto. Y, claro, así tenía que ser: no es sino hasta el último verso que el lector descubre cómo desafinan los gestos decorosos del sujeto del poema.

En lugar de arremeter contra la métrica (que es, ante todo, un instrumento descriptivo), los poetas deberían aprender a medir sus versos, y a medirse con sus exabruptos.

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