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Archive for 10 noviembre 2012

París

En su muy buen ensayo Literature and Mathematics, publicado en el último número de Asymptote Journal, Masahiko Fujiwara explora el muro magnético que separa a las dos disciplinas. Hacer matemáticas, explica Fujiwara, involucra a veces atacar de mil y una maneras un problema que no cede ni un milímetro, para de súbito encontrar la solución tras varios meses. En cambio, hacer literatura es un proceso hecho de pequeñas victorias incrementales: aun cuando se pase una cantidad considerable de tiempo editando o tirando papeles a la basura, las ideas van entrelazándose, y quien no se desespera, progresa.

Quiso el destino que yo resolviera el problema central de mi tesis de doctorado en el metro de París. Había salido de Jussieu a eso de las siete de la noche, exhausto pero acelerado por la cafeína, y decidí ir a cenar a algún restaurante de Le Marais, mi barrio favorito de turno. Recuerdo que había sido un día como cualquier otro: desayuné croissant y un espresso; trabajé en el problema central de mi tesis de ocho a diez de la mañana; participé con desgano en el coffee break ritual de los analistas de París 6; trabajé otra hora y media en el problema; al mediodía, comí ejotes verdes y pescado en la cafetería (y bebí más café); me reuní con Yves Raynaud, quien me dio las mismas sugerencias que el día anterior; dediqué un par de horas a escribir la introducción de la tesis (¡vaya deshonestidad escribir la introducción a una tesis aún incompleta!); participé en el segundo coffee break de los analistas; y luego volví a abismarme en el problema que había venido a París a investigar, hasta que dieron las siete y el hambre pudo más.

Sucedió pocos segundos antes de llegar a la estación de St-Paul. Una idea fue abriéndose camino en mi conciencia, echando a un lado a las otras ideas —las ideas inteligentes y respetables que me habían venido acompañando durante meses—, y de repente me di cuenta de que sonreía, de que estaba convencido, absolutamente convencido, de que esta vez sí, el problema había caído. Y lo que me dio esa certeza tan extraordinaria fue la belleza de la nueva idea. Todos los detalles que ordinariamente me habrían preocupado me parecieron insignificantes, porque la idea era tan robusta estructuralmente, tan equilibrada, que todos los detalles tenían su lugar en ella. El pudor hizo que reprimiera un tanto la sonrisa. No fue sino hasta que salí de la estación que estalló la felicidad.

No sentí necesidad de escribir una sola línea. No me dio pánico que la idea se me fuera de la cabeza. Simplemente caminé unas cuantas cuadras —quién sabe cuántas— y decidí entrar a un pequeño restaurante judío a celebrar, a solas, el triunfo más solitario.

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