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Archive for 30 julio 2012

Enunciados Genéricos

En el buen libro Think Generic: The Meaning and Use of Generic Sentences, Ariel Cohen investiga las distintas convenciones lingüísticas que nos ayudan a descodificar los significados de las oraciones genéricas. A continuación, algunos ejemplos de oraciones genéricas, tomados de la introducción del libro:

  1. Los gatos son mamíferos.
  2. Los pájaros vuelan.
  3. El ornitorrinco pone huevos.
  4. Los búlgaros son buenos levantadores de pesas.
  5. Las abejas son sexualmente estériles.
  6. Los números primos son impares.

Los enunciados (1) – (4) expresan verdades (según Cohen: a mí me parece que (2) es falso), no así los enunciados (5) y (6). ¿Qué decide el valor de verdad de cada una de ellas? La oración (1) es verdad para todos los gatos, la (2) para la mayoría de los pájaros, la (3) para la mayoría de las hembras de la especie, y la (4) para un subconjunto relativamente reducido de ciudadanos búlgaros. El enunciado (5) es falso a pesar de que casi todas las abejas son, efectivamente, sexualmente estériles. Y pese a que, con la excepción del 2, todos los primos son impares, el último enunciado es decididamente falso.

Cohen desarrolla un marco teórico que da cuenta de las discrepancias de criterios utilizados para evaluar la veracidad de los distintos tipos de oraciones genéricas. Por supuesto, el truco está en que el significado de una oración genérica se evalúa con respecto a un conjunto de propiedades alternativas, y no en aislamiento. Así, la oración (3) no es acerca de la generalidad de los ornitorrincos, sino de las distintas formas de procreación, y por ende generaliza únicamente sobre el conjunto apropiado de ornitorrincos (excluyendo infantes, hembras infértiles, machos, etc.)

A mí me interesa pensar más seriamente acerca de un subconjunto de las oraciones genéricas, a saber el tipo de generalizaciones (acerca de grupos humanos específicos) que la esfera pública acepta, celebra, tolera o proscribe. Al final de cuentas, los discursos de inclusión y exclusión social que adquieren prominencia en la esfera pública, están infestados de enunciados genéricos mucho menos placenteros (o mucho más, dependiendo del caso) que los arriba mencionados. Tarea para quien quiera una hacer una disertación doctoral en la intersección entre la lingüística y la sociología: desarrollar una teoría de la aceptabilidad social de enunciados sociales genéricos, tomando en cuenta lo que la lingüística nos dice acerca de la semántica de las oraciones genéricas.

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Nabokov, poeta

La reciente publicación de Vladimir Nabokov: Selected Poems, editada por Thomas Karshan, ha suscitado interés crítico en la poesía del distinguido novelista. En este artículo en el New York Times, por ejemplo, no sin antes desestimar la calidad de la obra poética de Nabokov en Selected Poems, David Orr observa que si se toma en cuenta el poema Pale Fire, de cuyas notas al pie de página consiste la novela del mismo nombre, no se puede sino concluir que Nabokov fue un poeta excelente (“a hell of a poet”).

Pale Fire es, en efecto, un poema magnífico. Sin embargo, las cualidades que lo recomiendan están también presentes en varios de los poemas que Orr considera inferiores. En Ode to a Model, publicado en el New Yorker en 1955, Nabokov nos ofrece un poema que premia la lectura precisa. Está la riqueza lingüística de líneas como

parted feet pointing outward—
pedal form of akimbo,

en las que la segunda línea enriquece la descripción visual de la primera pero también inventa un juego de palabras inesperado, gracioso, coherente con la imagen descrita. (Las dos aliteraciones iniciales entre las dos líneas parted/pedal y feet/form son espléndidas, sobre todo si se considera la divergencia sonora, no ya en los vocablos correspondientes, sino también en las partes finales de las dos líneas).

Está el uso memorable de las palabras “diaper” y “repaid” en este par de líneas

Can a record, run backward
turn “repaid” into “diaper”?

Más discreto aún es el juego que aparece más temprano en el poema (las negrillas son mías),

from your lily-white armpit
to the tip of your butterfly eyelash,

que sugiere de manera más visual (mediante el ir y venir de la lectura palindrómica) la obsesión del narrador con la modelo. (Que, además, esas dos palabras sean tan eróticas es ya ganancia).

Las líneas de Nabokov están a menudo llenas de revelaciones, y sin embargo, sus poemas no sacrifican la lírica. Uno de los poemas más memorables en Selected Poems se titula The Poem. Aunque la sensibilidad contemporánea norteamericana reniegue de la poesía sobre la poesía, y aunque David Orr no haya visto en The Poem la firma de un poeta capaz de escribir Pale Fire, a mí me parece un poema comparable. Y resulta que articula, mejor de lo que yo puedo, por qué se equivoca David Orr al rendirle mayor respeto a un poema más largo y ambicioso. Helo, íntegro, aquí:

The Poem

Not the sunset poem you make when you think
aloud,
with its linden tree in India ink
and the telegraph wires across its pink
cloud;

not the mirror in you and her delicate bare
shoulder still glimmering there;
not the lyrical click of a pocket rhyme—
the tiny music that tells the time;

and not the pennies and weights on those
evening papers piled up in the rain;
not the cacodemons of carnal pain;
not the things you can say so much better in plain prose—

but the poem that hurtles from heights unknown
—when you wait for the splash of the stone
deep below, and grope for your pen,
and then comes the shiver, and then—

in the tangle of sounds, the leopards of words,
the leaflike insects, the eye-spotted birds
fuse and form a silent, intense,
mimetic pattern of perfect sense.

Vladimir Nabokov

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Cada cierto tiempo nos toca ir a las urnas electorales, donde tras hacer la cola o tener la buena fortuna de no hacerla, votamos, es decir, seleccionamos a uno entre varios candidatos. Tan enraizada en nuestra concepción de la democracia está esa periódica rutina, que muy pocos entre nosotros sospechan lo problemática que resulta, desde un punto de vista matemático, la idea prevalente de que votar y seleccionar a uno entre varios candidatos son exactamente la misma cosa.

Es fácil, sin embargo, imaginar otros sistemas de votación. En los más interesantes, el votante ordena sus preferencias de mayor a menor. Por ejemplo, en las elecciones presidenciales recientes en México, alguien podría haber votado Vázquez-AMLO-Quadri-Peña. La ventaja de un voto como éste es que nos proporciona más información acerca de las preferencias del votante. Se trata de alguien que habría votado por Vázquez en el sistema habitual, pero que prefiere tener como presidente a AMLO que a Peña. El sistema habitual no permite registrar las preferencias de los votantes, sino que se empeña en registrar únicamente una de dichas preferencias, la de quién ocupa el primer puesto en una lista ordenada como la de nuestro votante ficticio, ¿y no sería mejor tener un sistema de votación que registre las preferencias de todos los votantes? La respuesta depende, naturalmente, del mecanismo que se utilice para adjudicar puntos a los candidatos.

Pese a lo que sigue es válido para cualquier número de candidatos, supondremos, para hacer las cosas lo más simple posibles, que sólo hay cuatro candidatos. En 1770, el matemático francés Jean-Charles de Borda inventó lo que ahora se denomina como el método de Borda: cada vez que un candidato aparece en primer lugar en una papeleta, éste recibe tres puntos, cada vez que aparece en segundo lugar recibe dos puntos, y cada vez que aparece en tercer lugar recibe un punto. El ganador es quien al fin tiene más puntos. En 1871, el arquitecto norteamericano William Robert Ware diseñó otro método, el de tandas instantáneas: una vez en posesión de todas las papeletas, se elimina al candidato con la menor cantidad de primeros lugares; sin embargo, las preferencias de las papeletas que habían situado al candidato eliminado en primer lugar no son ignoradas: sus votos son transferidos a los candidatos en segundo lugar en dichas papeletas. Luego se repite el procedimiento cuantas veces sea necesario hasta que quede solamente un candidato. (En la práctica, evidentemente, el método de tandas instantáneas sólo podría ser implementado en elecciones nacionales si las papeletas son electrónicas y si el software es impecable).

El método de Borda es utilizado en los Estados Unidos en la selección del jugador más valioso de las ligas profesionales de béisbol. El método de tandas instantáneas vio su momento de mayor fama en 1990, cuando las elecciones presidenciales de Irlanda, decididas por ese método, produjeron un resultado distinto al que el sistema habitual hubiera producido. En dichas elecciones había tres candidatos: Mary Robinson, del Labour Party, Brian Lenihan, de Fianna Fáil, y Austin Currie, del Fine Gael. Lenihan obtuvo la mayor cantidad de primeros lugares y Austin Currie fue eliminado en la primera tanda. Sin embargo, como el ochenta y cinco por ciento de las papeletas que favorecían a Currie tenían a Robinson en segunda posición, Robinson terminó con más votos que Lenihan una vez eliminado Currie.

Hay un número considerable de sistemas de votación, algunos mucho más sofisticados que los que he descrito aquí. Según los criterios tradicionales de la teoría matemática de las votaciones, ninguno de dichos sistemas es perfecto. Kenneth Arrow recibió el premio Nóbel en economía en 1972 precisamente por demostrar este hecho a primeras luces un tanto deprimente. Para la mala fortuna de matemáticos y ciudadanos, toda discusión de la teoría de las votaciones comienza y termina con ejemplos de ciertas perplejidades matemáticas que ofuscan más de lo que aclaran. En tal situación, naturalmente, es difícil convencer a los ciudadanos de que sería sumamente provechoso cambiar de sistema de votación. Y sin embargo, el consenso de los expertos es éste: de todos los sistemas de votación razonables, el habitual es el peor, y por mucho. Pese a que las razones matemáticas están fuera del alcance de muchos lectores, la intuición tendría que ser suficiente para convencerlos: si se registran únicamente los primeros lugares en las listas de preferencias de los votantes, se obtiene un retrato sumamente parcial de las preferencias agregadas de la población.

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