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Como consumidor de poesía, creo que soy el equivalente de uno de esos enófilos que se precian de buscar y encontrar botellas excelentes por menos de veinte dólares, esos que dicen: “Claro que una botella de Chateau Latour de trescientos dólares puede ser maravillosa, pero dudo que sea quince veces mejor que un buen hallazgo de veinte”. Sin embargo, mis poemas favoritos en inglés equivalen (en términos de prestigio) a botellas de más o menos cincuenta dólares. En estos días, los dos poemas en inglés que más me conmueven son estos:

  • Love Calls Us to the Things of This World, de Richard Wilbur. (Lo he traducido, pero todavía no le he pedido permiso a Wilbur para publicar la traducción. Creo que es la mejor traducción que he hecho).
  • Those Winter Sundays, de Robert Hayden. (También lo he traducido, y puse la traducción en Twitter para ver qué tal suena, pero al rato la borraré, ni modo).

El título justo

Acabo de revisar mi versión del poema “Country Fair” de Charles Simić. En esta ocasión pudo más mi neurosis métrica y conseguí hilvanar algo con mejor ritmo, pero la versión sigue quedando corta. He aquí lo que tengo:

Country Fair

Si no miraste al perro con seis patas,
no importa. Yo lo vi.
Estuvo casi siempre echado en una esquina.
En cuanto a las dos patas que le sobran:

uno se va habituando a ellas rápido
y piensa en otras cosas.
Como qué noche tan oscura y fría
para estar en la feria.

El guardián tiró un palo
y el perro fue a cogerlo
en cuatro de seis patas, las otras dos colgando,
lo que hizo a una muchacha carcajearse.

Ella estaba borracha igual que el hombre
que seguía besándole la nuca.
El perro cogió el palo y nos miró de vuelta.
Y eso fue todo el show.

Charles Simić
Versión del inglés de Pedro Poitevin

Así nomás, sin el título, éste es un poema bastante rico, pero hay que ver cuánto le añade el título. En inglés, la frase country fair se refiere a la feria, claro, pero cada uno de los dos vocablos tiene otros sentidos: country significa país y también designa a la parte rural de los Estados Unidos, y la palabra fair significa justo. Country fair podría ser leído entonces como la feria, o bien la feria del campo, o bien justicia de campo, o aún la feria de los países. Y es así que el título le confiere a la escena del poema una multitud de posibles alusiones. Si uno toma en cuenta que Simić es un inmigrante, el final del poema, en el que Simić forma parte del campo visual del perro, es muy lúcido. La noción de justicia también le añade una dimensión al poema: ¿qué tipo de justicia es ésta, el verse unos a otros en plan de escueto espectáculo de feria? Y, claro, la última línea es fantástica porque cierra de un tajo todas las posibles trayectorias de las interpretaciones a las que hemos aludido. Aunque sean parte del show quienes se creen únicamente observadores, no partícipes, la feria de las identidades es sólo un show. Y la justicia quizás diga ojo por ojo, pero hasta ahí.

Kennedy vs. Duchamp

En los anales del ingenio injurioso debería figurar, junto a las astucias de Quevedo, un poema de X. J. Kennedy titulado “Desnudo bajando una escalera”, publicado en enero de 1960 por Poetry Magazine. Eran los tiempos del auge del modernismo norteamericano, y el célebre cuadro de Marcel Duchamp se había convertido en símbolo de la estética modernista. En un principio rechazado por los cubistas por exceso de futurismo, el cuadro representa una variedad de perspectivas temporales del descenso del desnudo.

 200px-Duchamp_-_Nude_Descending_a_Staircase

Pese a que la inteligencia y el virtuosismo técnico de Duchamp son evidentes, el efecto que la composición del cuadro tiene en la presunta modelo es hilarante: en su afán de incluir múltiples perspectivas temporales del observador, desaparece la integridad corpórea de la modelo, y con ella desaparece también cualquier indicio de su mundo interior. Kennedy es un magnífico humorista, pero en este poema también hace de crítico sagaz de los excesos del modernismo, y, en una última línea que subvierte la ecfrasis, deshace la fragmentación temporal de Duchamp y restablece la integridad del desnudo.

Desnudo bajando una escalera

Dedo a dedo, un nevado alud de carne,
cáscara de limón, mujer pendiente,
se dispersa en la luz por la escalera
sin nada encima. Encima, nada en mente.

Espiamos tras la barandilla el firme
rastrillar de sus piernas y pedazos;
los labios dejan rastros en el aire
que se parte a sus partes y a sus pasos.

Esta cascada de mujer ostenta
su descenso pausado, capa y horma,
y al detenerse en el postrer peldaño
ciñe sus movimientos a su forma.

X. J. Kennedy
Versión del inglés de Pedro Poitevin

Curiosa mezcla

En su artículo ¿Se justifica la existencia del Fondo de Cultura Económica?, el columnista Leo Zuckermann hace un argumento que mezcla populismo con liberalismo económico. No tiene sentido –argumenta Zuckermann– que el estado siga subsidiando al FCE, porque el FCE beneficia de manera casi exclusiva a una élite académica, intelectual, y cultural, y lo hace en un momento en que, dada la eficiencia del libre mercado contemporáneo, desmantelar al FCE no tendría mayores consecuencias nocivas. Zuckerman concluye su artículo con una desfachatez interesantísima: sería mejor que, una vez desmantelado el FCE, el estado repartiera el presupuesto del FCE entre los más pobres de la nación, nos dice.

Como miembro de una comunidad (la de los matemáticos) cuyas contribuciones culturales son aún más dignas del epíteto “elitista” que las de los autores publicados por el FCE, a mí me preocupa la extensión de su argumento. Podría haber dicho, por ejemplo, que no le sirve de nada a los pobres que los matemáticos investiguen sus quimeras abstractas, y que, por ende, no tiene sentido que el estado le dedique un fragmento de su presupuesto, por diminuto que sea, a subsidiar a los matemáticos.

Hay dos intuiciones que adivino guían el pensamiento de Zuckermann: por un lado, la intuición de que la función del estado es brindarle servicios a la gente que no puede obtener esos servicios por otros medios; por el otro, la de que el mercado contemporáneo es un mejor gestor cultural que un grupo de gente a cargo de una institución como el FCE. Pero ambas intuiciones son erróneas. Como Jesús Silva-Herzog Márquez ha respondido muy bien al segundo punto, aquí me limito a hablar un poco sobre el primero.

El estado tiene la discreción de ocuparse de una variedad de asuntos, sin importar que algunos de estos no tengan una probabilidad considerable de beneficiar a sus ciudadanos de manera directa. En Estados Unidos, por ejemplo, el estado da subsidios (algunos de ellos, generosos) a proyectos de investigación que benefician de manera directa únicamente a los miembros de una comunidad muy reducida (como la de los matemáticos). Desde una visión utilitaria, una comunidad matemática vibrante puede resultarle beneficiosa al país porque, de vez en cuando, algún desarrollo en matemáticas resulta importante para otros científicos, cuyos avances, a su vez, pueden resultarle útiles a ingenieros, cuyos avances, a su vez, pueden resultarle útiles a compañías, cuyos productos, a su vez, pueden tener utilidad económica, e incluso beneficiar de manera directa a la población.

A veces, claro está, la cadena de beneficios es más corta y directa, pero el punto es que el estado tiene un amplio menú de temas en los que puede invertir, y que invertir únicamente en los que “prometen beneficios inmediatos” sería un craso error: primero porque invertir exclusivamente en lo que promete beneficios inmediatos (para cualquier grupo en particular, así éste sea el de los más desposeídos) le resta incentivos a la actividad en ciencia básica, y los avances en ciencia (como en matemáticas) a menudo surgen de las interacciones y colaboraciones de una comunidad vibrante (que incluye a la ciencia básica), no de la inversión exclusiva en pequeñas zonas de actividad aplicada; segundo porque hay algo de alto modernismo en eso de mirar desde lo alto del cielo, sin conocimiento local, las callejuelas de la comunidad científica y decidir qué sectores no merecen inversión alguna, y como todos sabemos a estas alturas del siglo XXI, el alto modernismo de mitades del siglo pasado está muy desvirtuado, por buenas razones. (Leer, por ejemplo, el magnífico libro Seeing like a State, de James C. Scott).

En el caso del FCE, los beneficios son evidentes: una comunidad académica y literaria vibrante se beneficia de tener acceso a una amplia variedad de libros, y es mejor que el garante de esa variedad no sea el caprichoso libre mercado. El hecho de que el FCE beneficia a la comunidad académica y literaria tendría que ser suficiente razón para que el estado elija dar subsidio al FCE. Preguntar de qué le sirve al pueblo que el estado así lo haga equivale a preguntar de qué le sirve al pueblo que haya una comunidad académica y literaria.

Si se ignora la última sílaba, las décimas con versos endecasílabos pueden ser vistas como matrices cuadradas de dimensión diez por diez. Esto sugiere las siguientes definiciones:

Una décima diagonal es una décima con versos endecasílabos cuya diagonal silábica contiene un verso adicional. (Es decir que si se une la primera sílaba de la primera línea con la segunda sílaba de la segunda línea, y así sucesivamente, hasta llegar a la décima sílaba de la décima línea, se produce un nuevo verso). He aquí una décima diagonal de Mael Aglaia.

Una décima triangular izquierda es una décima diagonal cuyas letras iniciales forman un acróstico vertical. (Podría pedirse que las primeras sílabas formaran otro verso adicional, pero eso me parece demasiado). Llegué a esta definición gracias a un intercambio con @neumara. De momento, no hay ejemplo de décima triangular izquierda.

La experiencia de leer un palíndromo es mucho más grata cuando el contexto ayuda. En Twitter, en sus mejores momentos, un palíndromo bien puesto, en medio de una corriente de tuits referentes a algún tópico del día, vale más de lo que valdría leído en aislamiento. Por ello, si bien no necesariamente los mejores, los palíndromos más memorables son los que aparecen en el momento propicio. Recuerdo haber leído, a finales del 2010, un tuit de Aurelio Asiain que indicaba un palíndromo infinito de la siguiente manera:

Oh, leo cada mamada, Coelho.
Oh, leo cada mamada, Coelho.

Era la época en que Coelho era tema de conversación (y objeto de sorna) del segmento de Twitter al que yo tenía acceso. Con ese solo tuit, se agotó el tema de Coelho. Decir más era arriesgarse a decir una de las infinitas mamadas que el palíndromo sugiere, y si ya están las de Coelho, ¿para qué añadir más?

Durante la batalla electoral entre Mitt Romney y Barack Obama, a mí se me ocurrieron algunos palíndromos que ganaban en su contexto. Uno de ellos era

Y, en moral, la fe falla, Romney.

Y otro, publicado justo cuando anticipaba que Obama (a quien se le endilgaba haber estado en un impasse político muy serio en sus últimos meses de gobierno) iba a ganar las elecciones:

Y, en moroso lecho, ama bonito botín Obama. Oh, celoso Romney.

Y justo el día del (controvertido) ataque a bin Laden, se me ocurrió otro (en inglés) que también recuerdo sin mayores problemas:

“No Osama, boss?”
Obama: Soon!

De los míos, quizás, uno de mis favoritos fue publicado muy a destiempo. Estaba leyendo ensayos de Antonio Alatorre, cuyas opiniones sobre lingüística me parecen mucho más avanzadas que las representativas de la Real Academia Española de la Lengua, cuando se me ocurrió un palíndromo que debería haber aparecido algunos años antes. Me encanta sobre todo el uso discretamente subversivo del vocablo inglés “dear” (equivalente de “querido”):

Alatorre, dear: a la RAE, ¡derrótala!

Es una lástima que no di con el contexto ideal para publicar ese palíndromo.

Qué difícil traducir (o adaptar) el siguiente poema de Richard Eberhart.

Cover me Over

Cover me over, clover;
Cover me over, grass.
The mellow day is over
And there is night to pass.

Green arms about my head,
Green fingers on my hands.
Earth has no quieter bed
In all her quiet lands.

El trébol de rimas internas en la primera línea (cover/over/clover) es espléndido: si uno piensa en las rimas internas como pliegues, la línea ejecuta con el sonido (y la sintaxis) justamente lo que implora. El metro también es interesante: la línea consiste en tres pies, uno trocaico, el del comienzo, y dos yámbicos, los finales, y la palabra cover, que juega un rol crucial en la línea, cae en el pie trocaico, justamente. Es como si el primer pie estuviese siendo enterrado por el ritmo subsiguiente, claro. Que, además, clover signifique trébol, es ganancia. El resto del poema es bellísimo, con imágenes perfectas, ecos evocadores (como ese polivalente over, repetido over and over), rimas muy bien elegidas (no hay un solo ripio), pero a mí me parece que todo el poema emana de esa primera línea.